
Qué tiene la calle Corrientes? Qué la hace tan especial? Sus duendes, no hay duda de eso.
Quienes son? Los porteños de principios del siglo 20. Los dandis, los cajetillas, el porteño compadrito que salía del arrabal, con los brillos de su personalidad bonachona y pícara, pero también presta a no dejarse apurar por cualquier "niño bien" que se le atravesase. Gardel, su hijo predilecto, que se disputan Francia y Uruguay; pero qué importa donde nació, estuvo acá.
Si respiramos hondo y miramos el cielo perforado por el obelisco, olvidándonos de la crueldad que nos rodea de los que ven pasar señoras envueltas en vestidos de moda y perfumes importados, y no pudieron encontrar un lugar para dormir mejor que el reparo de una obra en construcción, la encontramos a Ella, la novia del plata que le regala su brillo para diferenciarlo del cielo: La Luna.
Ahí me doy cuenta porqué la luna está siempre presente recortada por la silueta del farol y el malevo. Es un pedazo también de la calle Corrientes; si no está, a Corrientes le falta el alma.
Los duendes... los otros habitantes indispensables de esta avenida. Son los que la hicieron; ellos son la Avenida Corrientes, el espectro de sus luces ya apagadas.
Son los viejos actores de teatro, formados en las rutas argentinas, yendo de pueblo en pueblo con mucha fantasía y arte, y poca plata. Cada vez que entro en un teatro de esta calle, me transporto a un mundo de fantasías, con todos los personajes que muestran en dos horas lo horrenda y maravillosa que puede ser la vida; nunca salgo igual que como entré.
Son las viejas orquestas típicas, con sus bandoneones llegando al alma de ese porteño arrabalero que abrazaba a su madre con el corazón y se perdía en los ojos de "las chicas de los cabarutes". Ellos son los que hicieron al porteño, hoy en vías de extinción. Es curioso: el tango nos hizo famosos en el mundo, por lo cual muchos vienen al país para ver el auténtico mundo del tango, mientras nosotros estamos perdiendo nuestra identidad. Ironías de la vida actual y globalizada.
Es curioso, mi yo interior está muy lejos de esta ciudad, en la que nací; pero, cada vez que voy por la avenida Corrientes, el corazón me palpita más rápido. Debe ser que mi papá me puso en la sangre ese duende inquieto que él tenía, como porteño de ley que era. Él fue toda su vida un laburador, pero los sábados a la noche los pasaba en esta calle fascinante, entre una y otra orquesta: Pugliese, Pichuco... Fue un bailarín anónimo de primera, dicho por todos los que compartieron veladas con él y mi mamá; en cualquier reunión familiar siempre les pedían que bailaran, y así lo hicieron toda la vida. En esos momentos feos que no sé porqué estoy mal, siempre tuve la necesidad de escuchar un tango para sentirme mejor; así siento que cada cosa está en su lugar; el tango es así.
Sin duda son mis raíces las que me tienen agarrada a Buenos Aires, con el corazón en las montañas.
Estuve hace dos días en esta calle, y vi a los que tuvieron que salir de sus países (creo que venían de África, aunque da igual) vendiendo bijou en la calle, buscando una vida mejor posiblemente; estando en mi casa no paraba de darme vueltas en la cabeza lo injusto del hecho que haya gente, obligada de alguna manera, a vivir culturas extrañas por no tener un lugar en su propia cultura, y lo peor es que pasemos delante de ellos impávidos, como si eso fuera normal o estuviera bien. Me resisto a permitir algo así, necesito gritar esta ignominia. Me lamenté por no haberme atrevido a hablar con alguno de ellos, por no molestarlos; hubiese querido conocerlos un poco.
Quienes son? Los porteños de principios del siglo 20. Los dandis, los cajetillas, el porteño compadrito que salía del arrabal, con los brillos de su personalidad bonachona y pícara, pero también presta a no dejarse apurar por cualquier "niño bien" que se le atravesase. Gardel, su hijo predilecto, que se disputan Francia y Uruguay; pero qué importa donde nació, estuvo acá.
Si respiramos hondo y miramos el cielo perforado por el obelisco, olvidándonos de la crueldad que nos rodea de los que ven pasar señoras envueltas en vestidos de moda y perfumes importados, y no pudieron encontrar un lugar para dormir mejor que el reparo de una obra en construcción, la encontramos a Ella, la novia del plata que le regala su brillo para diferenciarlo del cielo: La Luna.
Ahí me doy cuenta porqué la luna está siempre presente recortada por la silueta del farol y el malevo. Es un pedazo también de la calle Corrientes; si no está, a Corrientes le falta el alma.
Los duendes... los otros habitantes indispensables de esta avenida. Son los que la hicieron; ellos son la Avenida Corrientes, el espectro de sus luces ya apagadas.
Son los viejos actores de teatro, formados en las rutas argentinas, yendo de pueblo en pueblo con mucha fantasía y arte, y poca plata. Cada vez que entro en un teatro de esta calle, me transporto a un mundo de fantasías, con todos los personajes que muestran en dos horas lo horrenda y maravillosa que puede ser la vida; nunca salgo igual que como entré.
Son las viejas orquestas típicas, con sus bandoneones llegando al alma de ese porteño arrabalero que abrazaba a su madre con el corazón y se perdía en los ojos de "las chicas de los cabarutes". Ellos son los que hicieron al porteño, hoy en vías de extinción. Es curioso: el tango nos hizo famosos en el mundo, por lo cual muchos vienen al país para ver el auténtico mundo del tango, mientras nosotros estamos perdiendo nuestra identidad. Ironías de la vida actual y globalizada.
Es curioso, mi yo interior está muy lejos de esta ciudad, en la que nací; pero, cada vez que voy por la avenida Corrientes, el corazón me palpita más rápido. Debe ser que mi papá me puso en la sangre ese duende inquieto que él tenía, como porteño de ley que era. Él fue toda su vida un laburador, pero los sábados a la noche los pasaba en esta calle fascinante, entre una y otra orquesta: Pugliese, Pichuco... Fue un bailarín anónimo de primera, dicho por todos los que compartieron veladas con él y mi mamá; en cualquier reunión familiar siempre les pedían que bailaran, y así lo hicieron toda la vida. En esos momentos feos que no sé porqué estoy mal, siempre tuve la necesidad de escuchar un tango para sentirme mejor; así siento que cada cosa está en su lugar; el tango es así.
Sin duda son mis raíces las que me tienen agarrada a Buenos Aires, con el corazón en las montañas.
Estuve hace dos días en esta calle, y vi a los que tuvieron que salir de sus países (creo que venían de África, aunque da igual) vendiendo bijou en la calle, buscando una vida mejor posiblemente; estando en mi casa no paraba de darme vueltas en la cabeza lo injusto del hecho que haya gente, obligada de alguna manera, a vivir culturas extrañas por no tener un lugar en su propia cultura, y lo peor es que pasemos delante de ellos impávidos, como si eso fuera normal o estuviera bien. Me resisto a permitir algo así, necesito gritar esta ignominia. Me lamenté por no haberme atrevido a hablar con alguno de ellos, por no molestarlos; hubiese querido conocerlos un poco.



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